MENU

Free to Love

St. Paul must have understood today’s Gospel very well. Like Jesus, he knew what being a disciple would cost. It landed him in prison. Also like Jesus, he is not afraid to ask others to take that discipleship seriously. And he is not ashamed to ask a favor: Would Philemon accept his runaway slave, Onesimus, back into his home? Not just as a slave, but as a member of his family.

In the Gospel, Jesus talks about the cost of discipleship. Paul takes that a step further—he reminds us to accept that cost freely. He could have ordered his friend to free the slave. Instead of giving an order, he called Philemon to respond to his request freely. Perhaps we can learn from that example.

Like Paul, when Jesus commands us to love one another, he leaves us free to accept that challenge. Remember, he always says, “Love one another, as I have loved you” (John 13:34). Jesus was never compelled to cure anyone or forgive their sins. Yet how often do we go to church because we were told we have to? Do we volunteer for the picnic only because the pastor twists our arm?

We can live life just doing what we have to. Or when Jesus offers us a new motive—love for God because God loves us—we can choose to follow him freely. Let us ask the Spirit to fill us with the freedom to love. Tom Schmidt

Libres para Amar

San Pablo debió comprender muy bien el Evangelio de hoy. Al igual que Jesús, sabía lo que costaría ser discípulo. Hasta lo llevó a la cárcel. También, como Jesús, no tiene miedo de pedir a otros que tomen en serio ese discipulado. Y no le da vergüenza pedir un favor: ¿Aceptaría Filemón a su esclavo fugitivo, Onésimo, de vuelta en su casa? No solo como esclavo, sino como miembro de su familia.

En el Evangelio, Jesús habla del precio del discipulado. Pablo va un paso más allá: nos recuerda que debemos aceptarlo libremente. Podría haber ordenado a su amigo que liberara al esclavo. En lugar de dar una orden, llamó a Filemón para que respondiera libremente a su petición. Quizás podamos aprender de ese ejemplo.

Al igual que Pablo, cuando Jesús nos manda amarnos unos a otros, nos da la libertad de aceptar ese reto. Recuerden, siempre dice:“Ámense unos a los otros, como yo los he amado” (Juan 13,34). Jesús nunca se vio obligado a curar a nadie ni a perdonar sus pecados. Lo hizo por amor. Sin embargo, ¿cuántas veces vamos a la iglesia porque nos dicen que tenemos que ir? ¿Nos ofrecemos ser voluntarios para el picnic solo porque el párroco nos suplica? Podemos vivir la vida haciendo lo que tenemos que hacer. O cuando Jesús nos ofrece una nueva motivación —amar a Dios porque Dios nos ama— podemos elegir seguirlo libremente. Pidamos al Espíritu Santo que nos llene de la libertad de amar. Tom Schmidt